Porfiadas ráfagas de viento intentan aterir los pasos persistentes de aquellos hombres que quieren revivir el mítico andar de los Chasquis -los infatigables mensajeros de los hijos del Sol- en una senda de piedra y polvo, que serpentea, acrobáticamente, entre montañas sagradas, valles apacibles y los ríos bulliciosos del mundo andino. Sudor y fatiga. Aire enrarecido, escaso, seco, que apenas alcanza para llenar los pulmones. Los músculos se tensan, las piernas se vuelven de plomo, los hombros son quebrados por el peso torturador de las mochilas... ah, y el camino es tan largo y hay precipicios de escalofrío y en la altura las sienes palpitan con desesperante insistencia. No es fácil rehacer los pasos de los Chasquis. Milenaria tradición de un pueblo de caminantes, porque los Incas ordenaron construir trochas y senderos que cruzaran las robustas montañas, los páramos desolados e inhóspitos, el monte feraz, las punas frías y "asorochadas" de su vastísimo imperio, el más grande de la América Precolombina. |
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